PRÓLOGO
Desde la ventana del
despacho del señor Fenwod un hombre contempla como un niño llora en
la calle asustado, llamando a gritos a su madre. Tiene la ropa
polvorienta y la cara manchada de sangre, está asustado.
Se pregunta de cuál de
los derruidos edificios que hay repartidos por todo el paseo habrá
salido el niño, pero es una pregunta en vano; es imposible saber de
cuál de todos ellos puede ser. Donde antes se erigían enormes
rascacielos, ahora no hay más que montañas de escombros y cenizas,
donde antes se encontraban hermosos parques repletos de árboles
frondosos, donde los niños jugaban despreocupados y sus padres
disfrutaban jugando con ellos, ahora no queda nada más que pilas de
cadáveres, amasijos de metal y olor a muerte por todas partes. Era
imposible prever todo aquello, toda la muerte, toda la destrucción,
todo el sufrimiento. No dio tiempo a alertar a la gente, o quizás no
se quiso hacerlo.
Contempla los restos de
lo que antaño fue su ciudad, un lugar tranquilo, agradable, poblado
por la más diversa de las poblaciones; todo el mundo tenía cabida
en ella, era un sueño, una utopía hecha realidad, pero como pasa
con todos y cada uno de los sueños, tarde o temprano hay que
despertarse; y vaya si lo hicieron.
No se dieron cuenta de lo
que se tramaba, nadie podía hacerse una idea de la gran mentira que
estaban haciendo llegar a la población, y para cuando se reveló la
verdad, ya era tarde. La guerra ya estaba en marcha.
Una guerra a gran escala,
donde ningún sector de la población estaba exento de riesgo, y se
lo hicieron saber. Las ejecuciones eran frecuentes.
“El nuevo orden” lo
llamaron. remodelar Piltruk a imagen y semejanza de sus líderes, una
nueva utopía, basada en el gobierno por medio de la violencia y el
terror.
¿Lo más gracioso?, el
hombre que miraba por la ventana compadeciéndose del niño formó
parte de dicho plan. Ese hombre participó en todas aquellas
atrocidades, quemó casas, extorsionó a familias, mató a gente
inocente. Todo en nombre del poder, un poder corrupto, que el se
esforzaba en negar.
Hasta que las “medidas
reformatorias” decidieron darse un paseo por su calle.
Aquel día nunca se le
olvidará, el día en que todo su mundo cambió, el día en que todas
aquellas piezas que aparentemente no encajaban empezaban a cobrar un
sentido, un sentido atroz para el cual nadie está preparado. Nada
más entrar en la sala de reuniones para dejar unos papeles, que para
él no eran más que pura burocracia, lo vio. Contempló el esquema
de toda la operación y distinguió el siguiente paso, su barrio,
donde había jugado con sus amigos, donde había disfrutado del calor
de un hogar, era el próximo objetivo. Gritó lleno de rabia porque
lo acababa de comprender. Que ciego había estado, que estúpido
había sido. Entre lágrimas fue a echar mano de su revolver, pero
antes siquiera de poder acariciar la funda, tenía encima a sus hasta
entonces compañeros. Las frías esposas le dolieron en la carne,
pero más le dolía por dentro el hecho de que, lo que hasta entonces
era su hogar, iba a quedar convertido en un montículo de cenizas, en
una nube de polvo, en poco más que un recuerdo. A una orden, un
fuerte golpe lo dejó inconsciente. Lo levantaron en volandas y se lo
llevaron fuera de la sala, recorrieron el vestíbulo de aquella
oficina, lo montaron en un ascensor y ya en la calle, lo subieron a
un automóvil.
Los guardias que lo
custodiaban se subieron, uno en el asiento del conductor, y el otro
detrás custodiando. Era un traidor, e iban a hacer con él lo que
hacían con todos. No había espacio para el en la prisión. Los
traidores no se lo merecen. Cuando un traidor se monta en un
vehículo, éste solo puede tomar un único destino. El puerto de
Piltruk.
1 comentario:
me ha enganchado espero que sigas la novela!!
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