lunes, 11 de febrero de 2013

Prólogo de la novela...


PRÓLOGO

Desde la ventana del despacho del señor Fenwod un hombre contempla como un niño llora en la calle asustado, llamando a gritos a su madre. Tiene la ropa polvorienta y la cara manchada de sangre, está asustado.
Se pregunta de cuál de los derruidos edificios que hay repartidos por todo el paseo habrá salido el niño, pero es una pregunta en vano; es imposible saber de cuál de todos ellos puede ser. Donde antes se erigían enormes rascacielos, ahora no hay más que montañas de escombros y cenizas, donde antes se encontraban hermosos parques repletos de árboles frondosos, donde los niños jugaban despreocupados y sus padres disfrutaban jugando con ellos, ahora no queda nada más que pilas de cadáveres, amasijos de metal y olor a muerte por todas partes. Era imposible prever todo aquello, toda la muerte, toda la destrucción, todo el sufrimiento. No dio tiempo a alertar a la gente, o quizás no se quiso hacerlo.
Contempla los restos de lo que antaño fue su ciudad, un lugar tranquilo, agradable, poblado por la más diversa de las poblaciones; todo el mundo tenía cabida en ella, era un sueño, una utopía hecha realidad, pero como pasa con todos y cada uno de los sueños, tarde o temprano hay que despertarse; y vaya si lo hicieron.
No se dieron cuenta de lo que se tramaba, nadie podía hacerse una idea de la gran mentira que estaban haciendo llegar a la población, y para cuando se reveló la verdad, ya era tarde. La guerra ya estaba en marcha.
Una guerra a gran escala, donde ningún sector de la población estaba exento de riesgo, y se lo hicieron saber. Las ejecuciones eran frecuentes.
“El nuevo orden” lo llamaron. remodelar Piltruk a imagen y semejanza de sus líderes, una nueva utopía, basada en el gobierno por medio de la violencia y el terror.
¿Lo más gracioso?, el hombre que miraba por la ventana compadeciéndose del niño formó parte de dicho plan. Ese hombre participó en todas aquellas atrocidades, quemó casas, extorsionó a familias, mató a gente inocente. Todo en nombre del poder, un poder corrupto, que el se esforzaba en negar.
Hasta que las “medidas reformatorias” decidieron darse un paseo por su calle.

Aquel día nunca se le olvidará, el día en que todo su mundo cambió, el día en que todas aquellas piezas que aparentemente no encajaban empezaban a cobrar un sentido, un sentido atroz para el cual nadie está preparado. Nada más entrar en la sala de reuniones para dejar unos papeles, que para él no eran más que pura burocracia, lo vio. Contempló el esquema de toda la operación y distinguió el siguiente paso, su barrio, donde había jugado con sus amigos, donde había disfrutado del calor de un hogar, era el próximo objetivo. Gritó lleno de rabia porque lo acababa de comprender. Que ciego había estado, que estúpido había sido. Entre lágrimas fue a echar mano de su revolver, pero antes siquiera de poder acariciar la funda, tenía encima a sus hasta entonces compañeros. Las frías esposas le dolieron en la carne, pero más le dolía por dentro el hecho de que, lo que hasta entonces era su hogar, iba a quedar convertido en un montículo de cenizas, en una nube de polvo, en poco más que un recuerdo. A una orden, un fuerte golpe lo dejó inconsciente. Lo levantaron en volandas y se lo llevaron fuera de la sala, recorrieron el vestíbulo de aquella oficina, lo montaron en un ascensor y ya en la calle, lo subieron a un automóvil.
Los guardias que lo custodiaban se subieron, uno en el asiento del conductor, y el otro detrás custodiando. Era un traidor, e iban a hacer con él lo que hacían con todos. No había espacio para el en la prisión. Los traidores no se lo merecen. Cuando un traidor se monta en un vehículo, éste solo puede tomar un único destino. El puerto de Piltruk.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha enganchado espero que sigas la novela!!

Publicar un comentario