lunes, 11 de febrero de 2013

Capítulo 1


CAPÍTULO UNO: TRAIDOR

La carretera hacia el puerto no sobresalía por ser una de las más placenteras. Había que atravesar todo el parque industrial de donde había salido toda aquella tecnología que había hecho de Piltruk una de las ciudades más prosperas hasta el momento del conflicto; una calle llena de desperfectos debida al constante combate que sufría, llena de adoquines sueltos, socavones, escombros caídos de los edificios provocados por los incesantes bombardeos con la única intención de barrer a los enemigos del estado.
El vehículo, a pesar del estado de las calles, no tardó en cubrir la distancia que separaba el Palacio del Lord, el centro neurálgico del gobierno, del puerto.
El conductor paró en el muelle 3, el lugar favorito para deshacerse de los “pequeños problemas”. Ambos soldados bajaron del coche, sin preocuparse de su prisionero, el cual yacía sin sentido en el asiento de atrás. Echaron un vistazo al agua, comprobando que esa zona del puerto poseía la profundidad adecuada. 4 metros, suficiente.
Se miraron satisfechos y volvieron al auto.
Entre los dos, sacaron al hombre fuera, y lo dejaron sin ningún cuidado en el suelo; comprobando que seguía esposado, y que no había despertado. Se propusieron hacer su tarea de una manera más cruel. Decidieron despertarlo.
Una patada, no más de una patada fuerte en las costillas bastó para devolverle la consciencia.
-Preferiría un café y unas tostadas- dijo sin dejar de sufrir espasmos ante aquel dolor.-Pero esta manera es más típica de nosotros, lo reconozco-.
Los soldados no pudieron evitar reír a carcajadas, y como era de esperar, le propinaron otra patada, que le hizo rodar por el suelo.
Se acercaron a el, lo cogieron de la pechera de la gabardina del uniforme y lo arrodillaron, sin dejarle tiempo para recuperar el ritmo normal de la respiración. A pesar de la falta del aire, pudo fijarse en ciertos detalles del hombre que le había golpeado: la funda ornamentada que guardaba el cuchillo enganchada al cinturón de cuero, la funda de las esposas vacía; las manos nudosas y fuertes, que jugueteaban con la funda del revólver; la cara del que hasta hace poco tiempo había sido un compañero, y sobretodo le marcaron sus ojos y sus labios, los cuales escondían una mirada de satisfacción y una mueca de superioridad respectivamente.
-¿Lo arrojamos ya al agua?- dijo inquieto el que se encontraba detrás, al cual no pudo reconocer por su voz. -Espera, primero quiero divertirme- y tras estas palabras, un sonoro puñetazo en la mejilla del prisionero, el cual escupió un poco de sangre. - Sigues golpeando como una mujer, Haldred- y escupió mas sangra a las botas de su captor, y sin perder en ningún momento la sonrisa desafiante. Una carcajada por parte de Haldred y un gesto de afirmación a su compañero, dio a entender al prisionero que la hora de juegos había acabado.
Notó como el soldado que tenía detrás le cogía y lo ponía de pie y sin soltarlo lo llevó hasta el borde del muelle.- Mira las aguas del Puerto de Piltruk, Alexánder, mira las aguas infectas que serán tu tumba-. A Alexánder le dio el tiempo justo para darse la vuelta y memorizar los rostros de los que habían sido sus ejecutores, y para al mismo tiempo, lanzar una mirada de desprecio; al momento siguiente, notó el gélido tacto de las aguas en su cuerpo.
Las aguas del puerto estaban llenas de aceites y suciedad, producida por los deshechos de las pasadas travesías que los pescadores realizaban para abastecer a Piltruk de pescado fresco. Ahora ya no quedaban pescadores, ni marineros; aquella zona del puerto había sido sellada para uso exclusivamente militar, no obstante aquello no hizo más que agravar la contaminación.
Álex notó como se iban empapando cada una de las piezas de ropa que llevaba puesta. Los soldados se habían tomado la molestia de no quitarle a su prisionero la gabardina, una gabardina que a cada momento pesaba más. Inútilmente empezó a patalear y a removerse, intentando zafarse de las esposas que lo tenían prisionero, pero al igual que con el detalle de la gabardina, comprobó para su desgracia que el entrenamiento administrado a todos los soldados en cuanto a cuestiones de tortura y ejecución, era impecable.
Sabía que debía mantener la calma, tranquilizarse y pensar en que debía hacer para salir vivo de la situación.-¿Tranquilizarme?- pensó.-Cuando un soldado del Lord se propone hacer una tarea, la llevará a cabo de la mejor manera imposible, tal como nos enseñaron- se burló de si mismo. Decidió relajarse diciéndose a si mismo que si la muerte le había reclamado, no iba a ponerse nervioso, y que la aceptaría todo lo bien que se podía aceptar una cosa así. Los segundos pasaban, y a cada momento notaba como se le iban entumeciendo los músculos, como empezaba a dejar de notar el agua tan fría, como los latidos de su corazón se hicieron mas acompasados a medida que iba aceptando la crudeza de su destino. A pesar de toda la suciedad que había en el agua, abrió los ojos, quería ver el lugar que iba a ser su tumba. En qué momento lo hizo...
Delante de él no se veían mas que unas figuras enturbiadas, todas ellas en posición vertical, como un bosque difuminado por una temprana niebla. El agua tan turbia le impedía distinguir aquellas figuras, pero como si de una corriente eléctrica se tratara, una horrible sensación recorrió toda su columna, erizando cada uno de los vellos de su cuerpo y haciéndole consciente de lo que realmente estaba viendo. Traidores, eran traidores ejecutados por el mismo método, el ahogamiento. Se puso nervioso, su corazón se aceleró y empezó a patalear con la intención de subir a la superficie, pero la gabardina empapada le hacía imposible la tarea. No se quiso dar por vencido, no quiso que le invadiese de nuevo la idea de rendirse. Miró hacia arriba, y distinguió la luz del sol, y sin apartar la mirada, empezó a patalear más y más violentamente. No iba a rendirse, no se lo podía permitir.
El cansancio iba haciendo mella, al igual que el entumecimiento. Sus patadas ya eran de rabia y desesperación. Le faltaba el aire y quería salir de allí. Cada vez el agua era más oscura. Estaba desesperado, el pecho le daba espasmos. El agua oscurecía por momentos. Los ojos le ardían por la contaminación y ya sólo podía distinguir la luz del sol en un fondo negro. Le había llegado la hora, y su cuerpo se lo hizo saber. La rabia se fue desvaneciendo. Sus piernas se detuvieron poco a poco; la luz del sol cada vez era más tenue, hasta que no era más que un punto, pero antes de desvanecerse por completo, le pareció ver un destello. De pronto, todo, emociones, fuerzas y colores, se desvanecieron.

Un latido. La sensación de paz se iba desvaneciendo, muy lentamente. Otro latido. Notó una sensación que hacía años que no sentía. Otro latido más. -¿Qué es esa sensación?- se preguntó.
Lentamente notaba como su mente empezaba a volver a la realidad, parecía que estuviese dirigiéndose hacia la salida de un largo túnel oscuro. Se sentía agotado. Su mente empezaba de nuevo a ser consciente de lo que le rodeaba; ahora sabía cual era la sensación que le había parecido tan extraña hace un momento, era calor. Era reconfortante, y quiso acercarse más hacia la fuente que lo emitía, pero al ir a moverse, le fue imposible. Sus músculos le pesaban como si fueran de plomo. Se sentía pesado. Le era imposible moverse. El único movimiento que le permitían sus músculos era sólo respirar, algo que parecía que había olvidado.

Oía una voz lejana, una voz apagada por la distancia. Sentía que le hablaban desde kilómetros de distancia. No podía entender las palabras, le eran extrañas a sus oídos. Hizo un esfuerzo, era consciente de que estaba vivo, y que lo que oía era la voz de una persona. La notó más cercana, y ahora si podía distinguir algunas palabras: vacíos...funda...munición...- ¿Se estará refiriendo a mi?, ¿Ha rebuscado en mis bolsillos?.- Álex empezó a hacer un autointerrogatorio. Cada vez se encontraba mejor; a pesar de tener aun los párpados cerrados, pudo distinguir la luminosidad de un fuego. Ya no se sentía tan pesado, e intentó de nuevo volver a incorporarse, esta vez con mejor resultado. A pesar de que los ojos aun le dolían los abrió, no sin antes vacilar un momento ya que la última vez que lo había hecho, no había sido una visión agradable.

-Bienvenido de nuevo a Piltruk, hogar de rufianes, contrabandistas, soldados y furcias- fueron las palabras que el hombre que había al otro lado de la hoguera le dirigió, a las cuales siguieron una sonrisa amarillenta.- ¿Cuál es tu nombre?-. Álex, aun aturdido por volver de entre los muertos quiso pasarse la mano por la cara para despejarse, pero no pudo, seguía esposado. -Si, podía haberte liberado de las esposas mientras estabas, digamos..., volviendo. Pero no me fío de nadie, y menos de alguien que lleva ese uniforme-dijo el hombre señalando los jirones que quedaban de la gabardina, en los cuales aun se distinguía las insignias distintivas. Al ver aquella prenda destrozada, Álex volvió a ser consciente de lo que le había sucedido hasta ese mismo momento. Le vino a la mente la ira en el despacho, la desesperación bajo el agua y cómo la muerte le abrazó.
-Para mi ya no es más que una vergüenza, un reflejo de lo que por desgracia fui, de los errores que cometí-. Álex apartó la mirada con un gesto de desprecio.
-Y pensar que no hace ni 6 horas que te lo he arrancado con el cuchillo para poder sacarte- el hombre dirigió estas palabras cargadas con un tono de desconfianza. Álex estuvo a punto de replicarle, pero el desconocido salvador siguió hablando.-Vi lo que hicieron contigo, vi como te bajaban del coche, como te despertaron, y como esperaron a ver como dejaban de salir burbujas. Por eso no me lancé antes; por eso pasaste por lo que pasaste bajo el agua.- los ojos del hombre no reflejaban más que honestidad, no había ninguna razón para desconfiar.
-Entonces gracias, te debo la vida- los ojos de ambos se cruzaron, y se mantuvieron la mirada.
El hombre fue el primero en apartar la mirada, soltando una sonora carcajada.
-si, jajaja, cierto, pero no soy de esa clase de hombres que se toman muy en serio esas deudas. Me conformo con el hecho de haber salvado a un hombre de una muerte cierta.- se pasó la mano por las mejillas para secarse las lágrimas que había soltado.- No eres el primero al que salvo,muchacho, y dudo mucho que seas el último.- por un instante dirigió la mirada a las oscuras aguas del puerto y en su rostro se vio lo que pareció una mueca de decepción personal.
Álex miró al hombre y supo lo que en ese momento sentía. Agachó un poco la cabeza.
-Chico, no me has dado razones para desconfiar, así que te libraré de las esposas, pero antes ¿Cómo te llamas?.- el hombre se levantó y rebuscó en una bolsa de piel. - Alexánder Blackhorne.- Vio como su salvador sacaba un objeto metálico extraño y se puso detrás de él.- Alexánder, un placer, soy Harald Skylerd, pero llámame Harald simplemente.- con unos movimientos seguros y la ayuda del objeto metálico, libró las muñecas de las esposas que las mantenían prisioneras.- Muchas gracias Harald- dijo mientras se frotaba las muñecas doloridas debido a tanto tiempo que habían estado en aquella incómoda posición.
Álex se puso cómodo junto al fuego, mientras el hombre que se acababa de presentar guardaba la herramienta de nuevo en la bolsa. Acto seguido, volvió a sentarse en el lugar del que se había levantado.
Se hizo el silencio. Por ese momento ya se lo habían dicho todo. Dentro del fuego se distinguía una olla tapada, y a juzgar por el olor, era carne con especias. A pesar de lo agotador que había resultado el día, Álex no se movió de suposición, no se sentía hambriento. Estaba feliz por volver a sentir el calor del fuego sobre su piel, por oír como la ligera brisa del mar soplaba a su alrededor. Estaba vivo, y nunca había sido tan consciente de ello. Se tumbó en el suelo contemplando las estrellas, dejando la mente en blanco; centrándose únicamente en respirar. Estaba tan bien en ese momento y a la vez tan cansado, que se quedó dormido.

Lo despertó la misma voz que lo había traído del reino de los muertos, pero esta vez, todas las palabras eran claras e iban dirigidas directamente hacia él: - A cenar, que ya es hora-.
Hasta ese momento, no había sido verdaderamente consciente de todo el gasto de energía; en cuanto vio el plato lleno de comida caliente se lanzó sin ningún miramiento. Devoró como lo haría un lobo hambriento que acababa de cazar una magnífica pieza.
Una vez acabada la cena, y con el estómago lleno, se dispuso a hablar con Harald; quería conocer la historia del hombre que le acababa de salvar la vida.
-¿Cómo has acabado aquí?.- preguntó todo lo cordialmente que podía.
-Al igual que tu, soy lo que se conoce como un traidor- El hombre no vaciló al dar la respuesta.
-¿Qué te pasó a ti?.- Álex tenía curiosidad, quería saber si ambos compartían el mismo tipo de desgracia.
-Me di cuenta que lo que hacíamos era una atrocidad, y así se lo comuniqué a mi equipo. Todos rieron, a excepción de uno, el cual supe que con la mirada me estaba acusando. Aquella misma noche, mientras mi equipo estaba durmiendo, noté como una sombra se deslizaba entre los petates y se detenía justo a mi lado. Y de la masa oscura, vi un destello de plata. Sabía que era un cuchillo. Rápidamente, cogí mi arma y no vacilé a la hora de apretar el gatillo. Cayó redondo. Al instante siguiente todo el mundo estaba despierto, pero tardaron un segundo en darse cuenta de lo que había pasado. Un segundo que aproveché para escapar y sobrevivir.- Las palabras del hombre estaban llenas de dolor.- Pero bueno, no vamos a amargar la sobremesa ahora,¿verdad?.- y se recostó sobre su saco. Álex respondió con una sonrisa e hizo lo propio, ponerse cómodo.
-Alexánder- Álex giró la cabeza.- Te he salvado porque estabas en apuros y porque se necesita gente como tu para acabar con esta situación- Álex se permitió una leve sonrisa de orgullo.- Hay un pero, mañana por la mañana tendrás que marcharte. Soy un lobo solitario. Siempre viajo sólo; prefiero la compañía de la luna y las estrellas a la de otra persona. No te estoy echando ahora mismo, esta noche estarás mejor aquí, pero mañana te pediré que te marches.- Tras estas palabras, el hombre dio la espalda a Álex y se dispuso a dormir; El joven, aun perplejo, borró la pequeña sonrisa que tenía ante la sorpresa que las palabras del viejo le habían provocado. Quiso preguntar por qué, pero los leves ronquidos del hombre le indicaron que ya era tarde. Se acomodó lo mejor que pudo en el frío suelo de piedra, y enseguida se quedó dormido.

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