CAPÍTULO UNO: TRAIDOR
La carretera hacia el
puerto no sobresalía por ser una de las más placenteras. Había
que atravesar todo el parque industrial de donde había salido toda
aquella tecnología que había hecho de Piltruk una de las ciudades
más prosperas hasta el momento del conflicto; una calle llena de
desperfectos debida al constante combate que sufría, llena de
adoquines sueltos, socavones, escombros caídos de los edificios
provocados por los incesantes bombardeos con la única intención de
barrer a los enemigos del estado.
El vehículo, a pesar del
estado de las calles, no tardó en cubrir la distancia que separaba
el Palacio del Lord, el centro neurálgico del gobierno, del puerto.
El conductor paró en el
muelle 3, el lugar favorito para deshacerse de los “pequeños
problemas”. Ambos soldados bajaron del coche, sin preocuparse de su
prisionero, el cual yacía sin sentido en el asiento de atrás.
Echaron un vistazo al agua, comprobando que esa zona del puerto
poseía la profundidad adecuada. 4 metros, suficiente.
Se miraron satisfechos y
volvieron al auto.
Entre los dos, sacaron al
hombre fuera, y lo dejaron sin ningún cuidado en el suelo;
comprobando que seguía esposado, y que no había despertado. Se
propusieron hacer su tarea de una manera más cruel. Decidieron
despertarlo.
Una patada, no más de
una patada fuerte en las costillas bastó para devolverle la
consciencia.
-Preferiría un café y
unas tostadas- dijo sin dejar de sufrir espasmos ante aquel
dolor.-Pero esta manera es más típica de nosotros, lo reconozco-.
Los soldados no pudieron
evitar reír a carcajadas, y como era de esperar, le propinaron otra
patada, que le hizo rodar por el suelo.
Se acercaron a el, lo
cogieron de la pechera de la gabardina del uniforme y lo
arrodillaron, sin dejarle tiempo para recuperar el ritmo normal de la
respiración. A pesar de la falta del aire, pudo fijarse en ciertos
detalles del hombre que le había golpeado: la funda ornamentada que
guardaba el cuchillo enganchada al cinturón de cuero, la funda de
las esposas vacía; las manos nudosas y fuertes, que jugueteaban con
la funda del revólver; la cara del que hasta hace poco tiempo había
sido un compañero, y sobretodo le marcaron sus ojos y sus labios,
los cuales escondían una mirada de satisfacción y una mueca de
superioridad respectivamente.
-¿Lo arrojamos ya al
agua?- dijo inquieto el que se encontraba detrás, al cual no pudo
reconocer por su voz. -Espera, primero quiero divertirme- y tras
estas palabras, un sonoro puñetazo en la mejilla del prisionero, el
cual escupió un poco de sangre. - Sigues golpeando como una mujer,
Haldred- y escupió mas sangra a las botas de su captor, y sin perder
en ningún momento la sonrisa desafiante. Una carcajada por parte de
Haldred y un gesto de afirmación a su compañero, dio a entender al
prisionero que la hora de juegos había acabado.
Notó como el soldado que
tenía detrás le cogía y lo ponía de pie y sin soltarlo lo llevó
hasta el borde del muelle.- Mira las aguas del Puerto de Piltruk,
Alexánder, mira las aguas infectas que serán tu tumba-. A Alexánder
le dio el tiempo justo para darse la vuelta y memorizar los rostros
de los que habían sido sus ejecutores, y para al mismo tiempo,
lanzar una mirada de desprecio; al momento siguiente, notó el gélido
tacto de las aguas en su cuerpo.
Las aguas del puerto
estaban llenas de aceites y suciedad, producida por los deshechos de
las pasadas travesías que los pescadores realizaban para abastecer a
Piltruk de pescado fresco. Ahora ya no quedaban pescadores, ni
marineros; aquella zona del puerto había sido sellada para uso
exclusivamente militar, no obstante aquello no hizo más que agravar
la contaminación.
Álex notó como se iban
empapando cada una de las piezas de ropa que llevaba puesta. Los
soldados se habían tomado la molestia de no quitarle a su prisionero
la gabardina, una gabardina que a cada momento pesaba más.
Inútilmente empezó a patalear y a removerse, intentando zafarse de
las esposas que lo tenían prisionero, pero al igual que con el
detalle de la gabardina, comprobó para su desgracia que el
entrenamiento administrado a todos los soldados en cuanto a
cuestiones de tortura y ejecución, era impecable.
Sabía que debía
mantener la calma, tranquilizarse y pensar en que debía hacer para
salir vivo de la situación.-¿Tranquilizarme?- pensó.-Cuando un
soldado del Lord se propone hacer una tarea, la llevará a cabo de la
mejor manera imposible, tal como nos enseñaron- se burló de si
mismo. Decidió relajarse diciéndose a si mismo que si la muerte le
había reclamado, no iba a ponerse nervioso, y que la aceptaría todo
lo bien que se podía aceptar una cosa así. Los segundos pasaban, y
a cada momento notaba como se le iban entumeciendo los músculos,
como empezaba a dejar de notar el agua tan fría, como los latidos de
su corazón se hicieron mas acompasados a medida que iba aceptando la
crudeza de su destino. A pesar de toda la suciedad que había en el
agua, abrió los ojos, quería ver el lugar que iba a ser su tumba.
En qué momento lo hizo...
Delante de él no se
veían mas que unas figuras enturbiadas, todas ellas en posición
vertical, como un bosque difuminado por una temprana niebla. El agua
tan turbia le impedía distinguir aquellas figuras, pero como si de
una corriente eléctrica se tratara, una horrible sensación recorrió
toda su columna, erizando cada uno de los vellos de su cuerpo y
haciéndole consciente de lo que realmente estaba viendo. Traidores,
eran traidores ejecutados por el mismo método, el ahogamiento. Se
puso nervioso, su corazón se aceleró y empezó a patalear con la
intención de subir a la superficie, pero la gabardina empapada le
hacía imposible la tarea. No se quiso dar por vencido, no quiso que
le invadiese de nuevo la idea de rendirse. Miró hacia arriba, y
distinguió la luz del sol, y sin apartar la mirada, empezó a
patalear más y más violentamente. No iba a rendirse, no se lo podía
permitir.
El cansancio iba haciendo
mella, al igual que el entumecimiento. Sus patadas ya eran de rabia y
desesperación. Le faltaba el aire y quería salir de allí. Cada vez
el agua era más oscura. Estaba desesperado, el pecho le daba
espasmos. El agua oscurecía por momentos. Los ojos le ardían por la
contaminación y ya sólo podía distinguir la luz del sol en un
fondo negro. Le había llegado la hora, y su cuerpo se lo hizo saber.
La rabia se fue desvaneciendo. Sus piernas se detuvieron poco a poco;
la luz del sol cada vez era más tenue, hasta que no era más que un
punto, pero antes de desvanecerse por completo, le pareció ver un
destello. De pronto, todo, emociones, fuerzas y colores, se
desvanecieron.
Un latido. La sensación
de paz se iba desvaneciendo, muy lentamente. Otro latido. Notó una
sensación que hacía años que no sentía. Otro latido más. -¿Qué
es esa sensación?- se preguntó.
Lentamente notaba como su
mente empezaba a volver a la realidad, parecía que estuviese
dirigiéndose hacia la salida de un largo túnel oscuro. Se sentía
agotado. Su mente empezaba de nuevo a ser consciente de lo que le
rodeaba; ahora sabía cual era la sensación que le había parecido
tan extraña hace un momento, era calor. Era reconfortante, y quiso
acercarse más hacia la fuente que lo emitía, pero al ir a moverse,
le fue imposible. Sus músculos le pesaban como si fueran de plomo.
Se sentía pesado. Le era imposible moverse. El único movimiento que
le permitían sus músculos era sólo respirar, algo que parecía que
había olvidado.
Oía una voz lejana, una
voz apagada por la distancia. Sentía que le hablaban desde
kilómetros de distancia. No podía entender las palabras, le eran
extrañas a sus oídos. Hizo un esfuerzo, era consciente de que
estaba vivo, y que lo que oía era la voz de una persona. La notó
más cercana, y ahora si podía distinguir algunas palabras:
vacíos...funda...munición...- ¿Se estará refiriendo a mi?, ¿Ha
rebuscado en mis bolsillos?.- Álex empezó a hacer un
autointerrogatorio. Cada vez se encontraba mejor; a pesar de tener
aun los párpados cerrados, pudo distinguir la luminosidad de un
fuego. Ya no se sentía tan pesado, e intentó de nuevo volver a
incorporarse, esta vez con mejor resultado. A pesar de que los ojos
aun le dolían los abrió, no sin antes vacilar un momento ya que la
última vez que lo había hecho, no había sido una visión
agradable.
-Bienvenido de nuevo a
Piltruk, hogar de rufianes, contrabandistas, soldados y furcias-
fueron las palabras que el hombre que había al otro lado de la
hoguera le dirigió, a las cuales siguieron una sonrisa amarillenta.-
¿Cuál es tu nombre?-. Álex, aun aturdido por volver de entre los
muertos quiso pasarse la mano por la cara para despejarse, pero no
pudo, seguía esposado. -Si, podía haberte liberado de las esposas
mientras estabas, digamos..., volviendo. Pero no me fío de nadie, y
menos de alguien que lleva ese uniforme-dijo el hombre señalando los
jirones que quedaban de la gabardina, en los cuales aun se distinguía
las insignias distintivas. Al ver aquella prenda destrozada, Álex
volvió a ser consciente de lo que le había sucedido hasta ese mismo
momento. Le vino a la mente la ira en el despacho, la desesperación
bajo el agua y cómo la muerte le abrazó.
-Para mi ya no es más
que una vergüenza, un reflejo de lo que por desgracia fui, de los
errores que cometí-. Álex apartó la mirada con un gesto de
desprecio.
-Y pensar que no hace ni
6 horas que te lo he arrancado con el cuchillo para poder sacarte- el
hombre dirigió estas palabras cargadas con un tono de desconfianza.
Álex estuvo a punto de replicarle, pero el desconocido salvador
siguió hablando.-Vi lo que hicieron contigo, vi como te bajaban del
coche, como te despertaron, y como esperaron a ver como dejaban de
salir burbujas. Por eso no me lancé antes; por eso pasaste por lo
que pasaste bajo el agua.- los ojos del hombre no reflejaban más que
honestidad, no había ninguna razón para desconfiar.
-Entonces gracias, te
debo la vida- los ojos de ambos se cruzaron, y se mantuvieron la
mirada.
El hombre fue el primero
en apartar la mirada, soltando una sonora carcajada.
-si, jajaja, cierto, pero
no soy de esa clase de hombres que se toman muy en serio esas deudas.
Me conformo con el hecho de haber salvado a un hombre de una muerte
cierta.- se pasó la mano por las mejillas para secarse las lágrimas
que había soltado.- No eres el primero al que salvo,muchacho, y dudo
mucho que seas el último.- por un instante dirigió la mirada a las
oscuras aguas del puerto y en su rostro se vio lo que pareció una
mueca de decepción personal.
Álex miró al hombre y
supo lo que en ese momento sentía. Agachó un poco la cabeza.
-Chico, no me has dado
razones para desconfiar, así que te libraré de las esposas, pero
antes ¿Cómo te llamas?.- el hombre se levantó y rebuscó en una
bolsa de piel. - Alexánder Blackhorne.- Vio como su salvador sacaba
un objeto metálico extraño y se puso detrás de él.- Alexánder,
un placer, soy Harald Skylerd, pero llámame Harald simplemente.- con
unos movimientos seguros y la ayuda del objeto metálico, libró las
muñecas de las esposas que las mantenían prisioneras.- Muchas
gracias Harald- dijo mientras se frotaba las muñecas doloridas
debido a tanto tiempo que habían estado en aquella incómoda
posición.
Álex se puso cómodo
junto al fuego, mientras el hombre que se acababa de presentar
guardaba la herramienta de nuevo en la bolsa. Acto seguido, volvió a
sentarse en el lugar del que se había levantado.
Se hizo el silencio. Por
ese momento ya se lo habían dicho todo. Dentro del fuego se
distinguía una olla tapada, y a juzgar por el olor, era carne con
especias. A pesar de lo agotador que había resultado el día, Álex
no se movió de suposición, no se sentía hambriento. Estaba feliz
por volver a sentir el calor del fuego sobre su piel, por oír como
la ligera brisa del mar soplaba a su alrededor. Estaba vivo, y nunca
había sido tan consciente de ello. Se tumbó en el suelo
contemplando las estrellas, dejando la mente en blanco; centrándose
únicamente en respirar. Estaba tan bien en ese momento y a la vez
tan cansado, que se quedó dormido.
Lo despertó la misma voz
que lo había traído del reino de los muertos, pero esta vez, todas
las palabras eran claras e iban dirigidas directamente hacia él: - A
cenar, que ya es hora-.
Hasta ese momento, no
había sido verdaderamente consciente de todo el gasto de energía;
en cuanto vio el plato lleno de comida caliente se lanzó sin ningún
miramiento. Devoró como lo haría un lobo hambriento que acababa de
cazar una magnífica pieza.
Una vez acabada la cena,
y con el estómago lleno, se dispuso a hablar con Harald; quería
conocer la historia del hombre que le acababa de salvar la vida.
-¿Cómo has acabado
aquí?.- preguntó todo lo cordialmente que podía.
-Al igual que tu, soy lo
que se conoce como un traidor- El hombre no vaciló al dar la
respuesta.
-¿Qué te pasó a ti?.-
Álex tenía curiosidad, quería saber si ambos compartían el mismo
tipo de desgracia.
-Me di cuenta que lo que
hacíamos era una atrocidad, y así se lo comuniqué a mi equipo.
Todos rieron, a excepción de uno, el cual supe que con la mirada me
estaba acusando. Aquella misma noche, mientras mi equipo estaba
durmiendo, noté como una sombra se deslizaba entre los petates y se
detenía justo a mi lado. Y de la masa oscura, vi un destello de
plata. Sabía que era un cuchillo. Rápidamente, cogí mi arma y no
vacilé a la hora de apretar el gatillo. Cayó redondo. Al instante
siguiente todo el mundo estaba despierto, pero tardaron un segundo en
darse cuenta de lo que había pasado. Un segundo que aproveché para
escapar y sobrevivir.- Las palabras del hombre estaban llenas de
dolor.- Pero bueno, no vamos a amargar la sobremesa ahora,¿verdad?.-
y se recostó sobre su saco. Álex respondió con una sonrisa e hizo
lo propio, ponerse cómodo.
-Alexánder- Álex giró
la cabeza.- Te he salvado porque estabas en apuros y porque se
necesita gente como tu para acabar con esta situación- Álex se
permitió una leve sonrisa de orgullo.- Hay un pero, mañana por la
mañana tendrás que marcharte. Soy un lobo solitario. Siempre viajo
sólo; prefiero la compañía de la luna y las estrellas a la de otra
persona. No te estoy echando ahora mismo, esta noche estarás mejor
aquí, pero mañana te pediré que te marches.- Tras estas palabras,
el hombre dio la espalda a Álex y se dispuso a dormir; El joven, aun
perplejo, borró la pequeña sonrisa que tenía ante la sorpresa que
las palabras del viejo le habían provocado. Quiso preguntar por qué,
pero los leves ronquidos del hombre le indicaron que ya era tarde. Se
acomodó lo mejor que pudo en el frío suelo de piedra, y enseguida
se quedó dormido.
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